Huracán.



Se movía como una gata y yo estuve mirándole fijamente sus pupilas, en los grandes afrodisíacos femeninos yo era un chico inocente pero ella caminaba por las calles desde los diecisiete. Sus pupilas reflejaban una gran tristeza pero le gustaba sentirse admirada, deseada, la chica que quería  estar sola pero compartía sus sonrisas con tipos extraños.
Ella involucraba cada parte de su mente en la satisfacción a sus necesidades. Miraba como me excitaba la verdad, aquella sinceridad que es totalmente irreconocible bajo su vanidad. Ella era inteligente, sabía bailar eróticamente pero leía mis pensamientos con tanta facilidad que su ambicioso poder reflejaba violencia. Y en los tiempos violentos ella no lloraba, simplemente miraba el amargo atardecer, ella tenía una cálida mirada y unos labios que no hacían promesas. Repetía constantemente que en aquella postura se notaría aún más sus kilos pero no reconocía que estaba llegando al límite para ser la mujer perfecta, su oscura esencia no le permitía reconocer que tenía el poder de volverme loco.
Deseada por muchos, querida por mí. Alegría  de los días nublados en la sabana, tristeza de la noche fría en la ciudad. Sonrisas cálidas y lágrimas repentinas. En sus sueños no cabían sino pesadillas, la noche en sus ojos y el fuego en su mirada. Mi chica huracán. Las noches que se embriagaba y solamente quería besarme, los días que al llorar repetía –sé que te amo más cuando estoy sobria, pero mi mente no necesita más preguntas–.
Entre tantos miedos, ella parecía no tener ninguno pero yo los conocía como si me los hubiera contado mientras reía con él. Ella me hacía estar dispuesto a esperarla, a acariciarle el cabello y aguantarme la oscuridad en su mirada. Ella temía no tener diversión y realmente su vida era aburrida conmigo. No le gustaba andar lento, solamente cuando practicaba su mejor talento, besar y pensar.

Tenía ojos de caricatura, sus labios eran dignos de devorar y en ellos se estampaba un cigarrillo cada mañana.
Y ella se levantaba en la madrugada y entonces temía a nunca encontrar una razón para sonreír. Y temía a no encontrar un momento para llorar y temía a que yo le hiciera ver ese lado patético y sensible, entonces besarla detrás de las orejas y lentamente bajar a su cuello para subir la mirada y encontrarme con su sonrisa. Pero la constante inestabilidad adornaban su esencia, la inestabilidad la hacía estar con otros chicos.

Sin embargo yo la quería, ese puro sentimiento que me hacía volver por ella. El sentimiento que abatía mi alegría y la transformaba en pasión porque realmente tenía un alma camaleónica e impredecible. Poder perderme en sus cabellos negros, poder alimentarme de su tristeza y luchar voluntariamente contra ella. Éramos totalmente disparejos, como dos estrellas que no son capaces de hacer parte en una constelación, como aquellas estrellas fugaces que cada vez desean estar juntas, uno totalmente encendido como el sol y el otro totalmente pálido como la luna. Pero con el sentimiento equivalente a negar la desaprobación de los demás, a compartir amargos momentos y con lágrimas estampadas en sus ojos sonreírle delicadamente para enseguida pensar que todo estaría por empeorar.

Pd: Muchos se identificarán.

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